domingo, 25 de noviembre de 2012

El futuro no es lo que era

Pepitas de calabaza, una editorial independiente con bastante pasado y un buen presente, porque el futuro ya no es lo que era...

martes, 29 de mayo de 2012

la tentación del bien

“la tentación del mal, que es una fórmula cristiana, cuando se dice Dios protégenos de la tentación del mal. Pero esa tentación no es nada, la tentación del bien es la más peligrosa, porque a nombre del bien podemos cometer un mal mucho mayor. Eso sucede mucho en nuestros días. El gran peligro de nuestros días es considerarse la encarnación del bien”

Tzvetan Todorov, Memoria del Mal. Tentación del Bien



Déjanos caer, cuento de Mari Benedetti que formaba parte de una recopilación de cuentos publicada bajo el título Montevideanos.

¿Van Daalhof? Mucho gusto. ¿Así que Arcosa le dio mi teléfono? ¿Está bien el hombre? Hace años que no lo veo. Aquí en la tarjeta dice que usted quiere tema para un cuento y que a él le parece que yo puedo ayudarlo. Bueno, no hace falta decirlo: siempre que pueda, encantado. Los amigos de Arcosa, son mis amigos. ¿Ana Silvestre dijo? Seguro que la conozco. Lo menos desde 1944. Ahora está de novia. Qué cosita. Cómo no que hay tema para un cuento. Pero, eso sí, cámbiele el nombre. Además, usted no es de aquí. Lo publicará en su país, claro. Mejor, mucho mejor. Ana Silvestre. Como nombre de teatro, no me gusta. Nunca pude explicarme por qué no quiso conservar su nombre verdadero: Marlana Larravide. (Con hielo y soda, por favor.) En 1944 era lo que se dice una nena: diecisiete años. Siempre fiacucha, inquieta, despeinada, pero ya en aquella época tenía algo, algo que ponía nerviosos a los muchachos e incluso a los más veteranos, como yo. ¿Cuántos años me da? No se pase, no se pase. Anteayer cumplí cuarenta y ocho, sí señor. Escorpión y a mucha. honra. Sí, hace dieciséis años Mariana era una nenita. Lo mejor que tuvo siempre fueron los ojos. Oscuros, bien oscuros. Muy inocentes, mientras estuvo en la etapa inocente. Y muv depravados, en la otra. En esa época era todavía estudiante de Preparatorios. De Derecho, naturalmente. Estudiaba con los hermanos Zúñlga, el pardo Aristimuño, Elvira Roca y la bombita Anselmi. Eran inseparables, un grupito verdaderamente unido. Venían los seis por la vereda y usted tenía que bajarse, porque ellos no se abrían ni a garrote. Yo los conocía bien, porque era amigo de Arriaga, un profesor de filosofía al que la botll'ada veneraba como un dios, porque era campechano y venía a las clases en motocicleta. Así hasta que se escrachó, en Captirro y Dragones, contra un tranvía 2 2 que lo envió al Maciel con una pierna rota y otra también, J'ubilándolo para siempre del donjuanismo activo. Pero en ese entonces Arriaga ni soñaba con las muletas. A veces se sentaba conmigo en el café y veíamos entrar y salir a la barra dándose empujoncitos y gritán~ dose chistes idiotas, de esos que sólo hacen reír cuando se está en la edad de los granos. Yo me daba cuenta de que Arriaga le tenía tinas ganas bárbaras a Marlana, pero ella no le daba ni cero cinco en el terrem que a él le interesaba. Lo admiraba como profesor y nada más.
Elvira Roca y la bombita Anselmi, un año mayores que ella, ya se acostaban con todo el mundo, pero Mariana se mantenía incólume, deliberadamente confinada a la camaradería y sus coqueteos sin mil¡tancia. Debe haber sido la virginidad más publicitaria del Mundo Libre. Hasta los mozos de café tenían conciencia de que le servían el cortado a una virgen. Lo más notable era que ella declaraba no tener prejuicios; simplemente, no se sentía impulsada hacia la peripecia sexual. Le aseguro que, considerando que no se sentía impulsada, se las arreglaba bastante bien para hacerse mirar, mediante escotes abismales, y estratégicos cruces de piernas. Nunca se pudo saber quién fue el primero. La bombita Anselmi desparramó la noticia de que había sido un adscripto del Vázquez, pero éste, que se llamaba -fíjese usted lo que son las coincidencias- precisamente Vázquez, una noche que tenía unas cuantas copas encima, confesó que había sido el segundo. (Gracias. Y otro cubito. Ahí está.) En realidad, para el placé había varios candidatos, yo entre ellos. Lo que pasaba era que Marlana le decía a todos que, antes de esa caída, sólo había habido «un hombre en su vida». Y uno se quedaba contento, de puro imbécil que era, porque allí ser segundón era casi lo mismo que ser pionero, y todo eso sin las desventajas del estreno. Una cosa hay que reconocer y es que Mariana siempre tuvo un estilo propio. Para la inocencia y para el relajo. Para la farra y para la tristeza. Gozaba de absoluta libertad, porque los pad res estaba n en Santa Clara de Olirnar y ella vivía aquí con una tía que tiene por cierto su pasado glorioso. La casa era en Punta Carreta, cerca de la cárcel. Uno de esos conglomerados de Bello y Reborati, que siempre me hicieron acordar a un juego de armar casitas que tuve cuando botija. La tía se pasaba las semanas en Buenos Aires y Mariana quedaba como dueña y señora de la casa, con su enorme surtido de balconcitos y corredores. Era la ocasión de armar soberbias festicholas, con grapa, amores y discoteca. Arriaga era un habitué de esas reuniones y yo empecé a ir como invitado suyo. Por ese entonces a mí me gustaba la bombita Anselmi, que en el tercer san martín seco se ponía sentimental y había que consolarla de apuro en el altillo. Pensar que en esa época era un bibeló, todo- lo redondita que se precisa, y hoy, como digna esposa del edil Rebollo, tiene unas cataplasmas que fueron, tiempo ha, soberbios pectorales. Bueno, pero a eso iba. Muchos de los asistentes a esos carnavalitos privados, se divertían con un solemne sentido del deber. Era una fiesta y había que gritar. Era un baile y había que bailar. Era una jauja y había que reír. Todo previsto. Pero Mariana, que en esa etapa ya no era una nena, no nos esperaba con la risa puesta, no señor. Cuando llegábamos siempre estaba seria, como si la idea no hubiera sido suya y la estuviéramos obligando a divertirse. Pero nosotros la conocíamos: sabíamos que necesitaba crearse un clima, entrar lentamente en caja. El menor de los Zúñlga decía un chiste intelectual, de esos tan rebuscados que cuando uno pesca el resorte, ya le vino el bostezo de tanto esperar; el pardo Aristimuño, como es de Bella Unión, contaba anécdotas de la frontera; Elvira Roca empezaba a tener calor y se sacaba la blusa y compañía; Arriaga, que había seguido cursos de fonética e impostación, recitaba cultísimas indecencias de la antigüedad clásica, y así Mariana empezaba a alegrarse de a poco, con verdadero ritmo, riendo sobre seguro. Fue Raimundo Ortiz, huésped de honor de uno de tales jolgorios, quien, asistiendo a ese ascenso progresivo de lo que él, como buen hombre de tea tro, llamaba el clímax, le propuso a Mariana que ingresara en su con'unto «La Bambalina», de teatro independiente. Qué ojo. Desde el pique -me parece recordar que debutó en una obrita de O'NeillMarlana fue la favorita de los críticos, que en ese entonces eran pocos pero malos. Ortiz primero, y después Olascoaga (cuando ella se fue de «La Bambalina» para «Telón de fondo», con motivo de los arañazos que le dio la Beba Goñl la noche en que Mariana le arrebató el papel de Ramera IV en una obra que entonces era de vanguardia y hoy es demodé) explotaron el filón y la hicieron representar todos los papeles de putitas de que dispone el repertorio universal. Le juro que, sobre el escenario, parecía extraída del «Blue Star» o del «Atlantic»: el mismo paso, las mismas caídas de ojos, el mismo ritmo de las caderas. (Gracias, todavía tengo en el vaso. Bueno, agréguele, ya que insiste. No se me olvide del cubito. Macanudo.) Nunca le daban papeles románticos o de característica; tampoco ella los reclamaba. Representando el papel de Prostituta (que es, después de Yerma, el más codiciado por las actrices con temperamento) se sentía segura y a sus anchas. En la vida diaria ponía una carita tan hábilmente maquillada de pureza que cuando subía al escenario y se quitaba esa crema llamada disimulo, quedaba brutalmente al natural su expresión de veterana precoz. Quienes la conocían sólo superficialmente, podían creer que su aspecto teatral era lo que se, llama «composición del personajes, pero la verdad era que ella componía un solo personaje, el de Ana Silvestre, cuando se encontraba fuera de la escena. Yo que seguí palmo a palmo toda su carrerita, le puedo asegurar que Marlana estaba más hecha para el cinismo que para la introspección. Se burlaba de las más célebres seriedades del mundo, tales como la Iglesia, la Patria, la Madre y la Democracia. Recuerdo que una noche en la casa de Punta Carreta (para ser exacto, el 3 de febrero de 1958), le dio por organizar una especie de misa profana («misa gris» la llamaba ella) y de rodillas y con perfecto impudor, se puso a rezar: «Déjanos caer en la tentación. » Yo creo que se le fue la mano. Por lo menos, puedo asegurarle que allí empezó su claudicación, su lamentable frustración actual.
Porque Dios -¿me entiende?- le tomó la palabra: la dejó caer en la tentación. Usted dirá qué tentaciones, si ya las sabía todas. Pero déjeme contarle, déjeme contarle. El conjunto de Olascoaga estaba ensayando una obrita de autor nacional, en aquel año que fue la epidemia debido a la subvención de Teatros Municipales. Feliz de usted que no asistió a ese auge. Había autores nacionales para regalar. Una vez éramos seis en lo de Chocho, y de los seis, cinco eran autores nacionales. Qué barbaridad. Sólo yo conservé el invicto. Bueno, la obra que en,,@avaba «Telón de fondo» no era precisamente de las peores. Creo, i@ci-nso, que sacó el Tercer Premio en las jornadas. Tenía un airecito sentimental que tocó a los críticos directamente en el sistema circulatorio. Le soy franco y le cotifieso que no me acuerdo del planteo, ni del nudo ni -menos que menos- del desenlace. Pero sí me acuerdo de la figura central: una muchacha abonada a la pureza. El autor (¿sabe quién es? Edmundo Soria, hoy abogado y orador, dicen que se levantó económicamente con su campaña anticomunista; un ingenuo, en fin) bueno, Soria había abrumado a su protagonista con la calamidad universal. Moría el padre y ella cm pura; el padrastro le pegaba y ella seguía pura; el novio la insultaba y ella seguía pura; la echaban del empleo y ella seguía pura; la agarraba una patota y ella seguía pura. Insoportable, lo que se dice insoportable. Al final moría, yo creo que de pureza. Puede ser que yo le haga la sinopsis con cierta mala leche, porque la verdad es que me dio relativa bronca que la pieza cayera bien y que algunos exigentes que yo conozco como si los hubiera barrido, justificaran a Soria con el raquítico argumento de que «cuando uno se propone hacer un melodrama, hay que meterse en él hasta el pescuezo». La verdad es que sin Mariana la pieza hubiera sido un desastre sin levante. Pero déjeme contarle. El papel de la pura no lo iba a hacer Mariana, qué esperanza. Durante tres meses había ensayado Alma Fuentes (nombre verdadero: Natalia Klappenbach) con un fervor y una memoria envidiables. Tres días antes del estreno, Almita cayó con rubéola y Olascoaga se enfrentó a un problema que más que artístico era de conformes. Había pagado por adelantado la mitad del arrendamiento de la Sala Colón -únicas tres semanas libres en todo el i nvierno- y no era cuestión de suspender la temporada. Yo estaba allí la tarde en que Olascoaga reunió al elenco e hizo esta pregunta de emergencia: «¿Quién de ustedes, muchachas, es capaz de hacer el sacrificio de aprenderse el papel de aquí al viernes y, con eso, salvar nuestras finanzas?» Cuando las siete preciosas recién empezaban los mutuos sondeos visuales, ya Mariana había respondido: «Yo ya me sé la letra. » « ¿Vos? », saltó Olascoaga, con un estupor que era casi bronca. Lo miré y me di cuenta de qué estaba pensando: ¿cómo meter a la eterna ramera del elenco en un papel de pura sin claudicaciones? Pero también miré la cara de Mariana y vi que allí había empezado una transformación. Esta vez tenía una expresión, no le diré limpia, pero sí de ganas de limpiarse. Creo que Olascoaga vio 19 mismo que yo, porque le dijo: «¿Verdaderamente te animás?» «Me animo», contestó ella. Y cómo se animó. Desde la primera noche, fue la revelación. Yo no podía creer lo que veía. Con decirle que sólo le faltaba el halo. Una santa, lo que se dice una santa. Cuando la agarraba la patota, daban ganas de fusilarlos. Criminales. Cuando el novio la insultaba, alguien llegó a gritar en la tertulia: «Morite, bestia.» No importaba que el diálogo fuera idiota; ella le inyectaba una fuerza tan conmovedora que hasta yo lagrimeaba en las escenas de bravura. Cuando, al final de la segunda semana, Almita la vio («estás absolutamente descartadas le había dicho Olascoaga después de prometerle Fedra) tuvo un ataque de nervios y con razón; fíjese que la envidia le hacía terrblar el pómulo izquierdo y el párpado derecho. Pobre Almita. Pero la gran sorpresa fue al final de la temporada (gracias al éxito frenético, se había extendido a seis semanas). La noche misma de la última función, cuando el telón todavía estaba cayendo, Mariana anunció que dejaba el teatro. Todos largaron la risa; todos, menos yo y Olascoaga. Nosotros sabíamos que era cierto. Nada más que para cumplir, Olascoaga inquirió el porqué. «Éste fue mi papel»,'dijo ella, sonriendo,'con su nueva cara de ángel. «No quiero hacer ningún otro en el teatro. » Y agregó después, en voz tan baja que parecía estar hablando para ella sola: «Ni tampoco en la vida. » ¿Se da cuenta? Lo que le dije: Dios se había vengado. (Epa, más whisky no. Bueno, ponga otro poquito. Pero definitivamente el último. Acuérdese del hielo. Gracias.) Sí señor, Dios se había vengado. La dejó caer en la tentación. Pero en la tentación del bien, que era la única que le faltaba. Desde entonces, nunca más. Se acabaron las festicholas. Se acabó el relajo. Hasta dejó la casa de la tía. Ahora lee una barbaridad. Escucha música, Mozart incluido. Hasta estudia guitarra. Se volvió buena, qué desastre. Lo peor es que creo que está convencida, así que ya no tiene salvación. Hace una semana la encontré en el Cordón y la invité a tomar un cafecito, bueno un cafecito ella y yo una grapa, porque tenía curiosidad de oírla hablar así, sin público, cara a cara conmigo que me la sé de memoria y ella lo sabe. Y bueno, lo que me dijo? «Soy otra, Tito, ¿podés creerlo?
Antes de la obra de Soria, yo no le había tomado el gusto al lado bueno de las cosas, nunca había probado a sentirme pura, a sentirme generosa, a sentirme sencilla. Pero cuando me puse el personaje de Soria como quien se pone un vestido de confección al que no es necesario hacer ningún arreglo, sentí que ésa era mi medida. Mirá, tampoco era un vestido. Era más bien como si me pusiera mi destino, ¿entendés? Y desde ese momento supe que estaba conquistada, ganada o perdida, llamale como quieras, pero que nunca más podría volver a ser lo que había sido. Cuando aprendí la letra, antes de la enfermedad de Almita, lo hice para burlarme, porque tenía el propósito de parodiarla en cualquiera de nuestras sesiones. Pero cuando vi la posibilidad de decir yo aquellas palabras, de figurarme que yo era así, tuve valor suficiente como para aferrarme a ella. Y cuando subí al escenario y as ije, te juro, Tito, que era yo misma la que hablaba, te juro que nunca había dicho cosas tan mías como esas palabras ajenas que alguien me había dictado. » Y después, agárrese bien, la revelación: «Estoy de novia, ¿sabés? No hagas ese gesto, Tito. Vos no podés convencerte de que ahora soy otra, pero yo sí lo sé, estoy segura. Es'un argentino, de padres holandeses. Tiene lentes y parece que te mira hasta el alma, pero a mí no me importa porque ahora mi alma está limpia. No sabe nada de mi vida de antes. Sólo sabe de ésta que soy ahora y así le gusto. Yo no quiero que se entere, ¿sabés por qué? Porque soy otra. Es rubio y tiene cara de bueno. Yo no le miento, no le engaño, porque verdaderamente soy otra. Mide como dos metros, así que anda siempre como agachándose. Es un encanto. Tiene las manos largas y los dedos finos. Vino hace tres meses y se va dentro de dos. Lo principal es que me lleva con él y estoy salvada. No hay necesidad de que le cuente lo de antes, porque no es fuerte, no aguantaría el golpe... Vamos a vivir en Rotterdam. Y Rotterdam está lejos de Punta Carreta. Además, Dios está de mi parte. ¿Te das cuenta, Tito? » Lloraba la imbécil, pero lo peor era que lloraba de contenta, qué calamidad. Está más delgada, se le ha ondeado el pelo, qué sé yo. Ni siquiera tuve valor para darle la ritual palmadita en la nalga, como ha sido siempre nuestra despedida. Ix confieso que estoy desorientado. Lo único que quisiera saber es quién es el imbécil que se la lleva a Rotterda,m. Alto, rubio, de lentes. Manos largas, dedos finos. Como agachándose. Qué chiste, igual a usted. No me diga que... ¡Lo que faltaba! Ahora sí que está bueno. ¡Lo que faltaba! Usted tiene la culpa por hacerme tomar cuatro whiskies seguidos. Y su nombre es Van Daalhoff. Claro como el agua. Perdone por lo de imbécil. ¿Qué se va a hacer? Ahora ya no tiene arreglo. Pobre Mariana. Reconozca por lo menos que Dios no estaba de su parte.

domingo, 20 de mayo de 2012

Honoré de Balzac: 213 años


Tal día como hoy, un 20 de mayo, pero del año 1799, nacía en Tours Honoré de Balzac.

En 1827 publicó en su propia imprenta un pequeño manual titulado L'art de payer ses dettes et de satisfaire ses créanciers sans debourser un sou. Pretendió demostrar que "las deudas no pagadas son un seguro placer para quien las ha contraído".

Hoy en día son los Estados, los grandes empresarios y los grandes bancos quienes han seguido las instrucciones de este pequeño manual. Se han endeudado para no comprar nada más que humo. Se han endeudado a base de cambiar el dinero de manos y ahora quieren hacernos pagar a todos sus deudas.

La edición en castellano de este pequeño manual, realizada en el año 2010, se encuentra enriquecida con ilustraciones de Honoré Daumier, conocido de Balzac que se inspiró en sus publicaciones para las mismas.


martes, 8 de mayo de 2012

Libros libres

Interesantísimo el proyecto de "La Guillotina"


Una editorial que publica textos clásicos o raros, inencontrables y decatalogados, que ofrecen en tiradas pequeñas, con ediciones muy bien cuidadas, con sobrantes de papel y con un diseño sencillo pero elegante. Todas sus publicaciones se pueden descargar libremente en formato electrónico.

viernes, 4 de mayo de 2012

Ernesto Cardenal y la memoria


Hace algunos años le reñían… hoy le premian, pero Ernesto Cardenal sigue diciendo las mismas cosas con su poesía que llega a lo más hondo de nuestras almas.

En España fueron miles las personas asesinadas en las cunetas, cuyos cuerpos fueron enterrados en fosas comunes, arrebatando así a tantas personas la vida de sus seres queridos y robándoles incluso la posibilidad de llevar flores a su tumba. Ernesto Cardenal compuso un bello epitafio para la tumba de Adolfo Báez Bone.

Epitafio para la tumba de Adolfo Báez Bone

Te mataron y no
nos dijeron donde
enterraron su cuerpo,

Pero desde entonces
todo el territorio
es tu sepulcro

o más bien;
en cada palmo
de territorio nacional
en que

no está tu cuerpo
tú resucitaste

Creyeron que te
mataban con una orden
de ¡fuego!

Creyeron que te
enterraban

Y lo que hacían
era enterrar una semilla.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Edición de libros a demanda

Y por qué no? Hoy en día existen muchísimas obras maestras por las que ya no hay que pagar derechos de autor, cuyas ediciones en muchos casos se encuentran agotadas y que, sin embargo, están digitalizadas en la red. ¿Por qué hay que leerlas en formato electrónico? ¿Por qué no editarlas en forma de libro según la demanda?

De este asunto se ocupa el Laboratorio de la Lectura de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en un artículo titulado "Impresión bajo demanda, otro revulsivo en el mundo de la edición"

domingo, 29 de abril de 2012

la literatura es "antisistema"


En la fotografía: Eugenia Rico, Julián Viñuales, Bernardo Atxaga y Lola Larumbe

Estamos de acuerdo con Eugenia Rico, quien ayer en la Feria del Libro de Valladolid aseguró que "leer es totalmente revolucionario porque significa pensar, que es algo muy subversivo".

La escritora Eugenia Rico defendió hoy en la Feria del Libro de Valladolid con vehemencia la importancia de la literatura, que calificó de “totalmente antisistema”. “No sólo escribir, sobre todo leer es totalmente revolucionario porque significa pensar, que es algo muy subversivo, más revolucionario que fumarse un porro”, declaró en un encuentro con los medios de comunicación.

Discurso de Caracas (Venezuela)


Discurso de Caracas (Venezuela)

Los detectives salvajes ganó el premio de novela Rómulo Gallegos. Este discurso no es simplemente unas palabras de gratitud; por el contrario, con el humor y levedad que lo caracterizan, Bolaño hace un homenaje a su generación, aquella que apostó la vida a una causa infortunada.


Siempre tuve un problema con Venezuela. Un problema infantil, fruto de mi educación desordenada, problema mínimo pero problema al fin y al cabo. El centro de este problema es de índole verbal y geográfica. También es probable que se deba a una especie de dislexia no diagnosticada.
No quiero decir con esto que mi madre no me llevara nunca al médico, al contrario, hasta los diez años fui visitante asiduo de consultas y hasta de hospitales, pero a partir de entonces mi madre creyó que ya era suficientemente fuerte como para aguantarlo todo. Pero volvamos al problema. Cuando era pequeño jugaba al futbol. Mi número era el 11, el número de Pepe y de Zagalo en el mundial de Suecia, y fui un jugador entusiasta, pero bastante malo, aunque mi pierna buena era la izquierda y se supone que los zurdos no desentonan en un partido. En mi caso no era cierto, yo desentonaba casi siempre, aunque de vez en cuando, una vez cada seis meses, por ejemplo, hacía un partido bueno y recobraba una parte al menos del enorme crédito perdido. Por las noches, como es natural, antes de dormirme, pensaba y le daba vueltas a mi lamentable condición de futbolista. Y fue entonces cuando tuve el primer atisbo consciente de mi dislexia. Yo chutaba con la izquierda pero escribía con la derecha. Eso era un hecho. Me hubiera gustado escribir con la izquierda, pero lo hacía con la derecha. Y ahí estaba el problema. Por ejemplo, cuando el entrenador decía: pásale al de tu derecha, Bolaño, yo no sabía a qué lado tenía que pasar la pelota. E incluso a veces, jugando por la banda izquierda, ante la voz desgañitada de mi entrenador yo me paraba y tenía que pensar: izquierda-derecha. Derecha era el campo de futbol, izquierda era sacarla fuera, hacia los pocos espectadores, niños como yo, o hacia los potreros miserables que rodeaban los campos de futbol de Quilpué, o de Cauquenes, o de la provincia de Bío-Bío. Con el tiempo, por supuesto, aprendí a tener una referencia cada vez que me preguntaban o me informaban de una calle que estaba a la derecha o a la izquierda, y esa referencia no fue la mano con la que escribo sino el pie con el que le pego a la pelota. Y con Venezuela tuve, más o menos por las mismas fechas, es decir hasta ayer mismo, un problema similar. El problema era su capital. Para mí lo más lógico era que la capital de Venezuela fuera Bogotá. Y la capital de Colombia, Caracas. ¿Por qué? Pues por una lógica verbal o una lógica de las letras. La uve o ve baja del nombre Venezuela es similar, por no decir familiar, a la b de Bogotá. Y la ce de Colombia es prima hermana de la ce de Caracas. Esto parece intrascendente, y probablemente lo sea, pero para mí se constituyó en un problema de primer orden, llegando en cierta ocasión, en México, durante una conferencia sobre poetas urbanos de Colombia, a hablar de la potencia de los poetas de Caracas, y la gente, gente tan amable y educada como ustedes, se quedó callada a la espera de que tras la digresión sobre los poetas caraqueños pasara a hablar de los poetas bogotanos, pero lo que yo hice fue seguir hablando de los poetas caraqueños, de su estética de la destrucción, e incluso los comparé con los futuristas italianos, salvando las distancias, claro, y con los primeros letristas, el grupo de Isidore Isou y Maurice Lemaître, el grupo del que saldría el germen del situacionismo de Guy Debord, y la gente a esas alturas empezó a hacer cábalas, yo creo que pensaban que los bogotanos se habían trasladado en masa a Caracas, o que los caraqueños habían tenido un papel determinante en este grupo de nuevos poetas bogotanos, y cuando di por terminada la conferencia, con un final abrupto, tal como entonces me gustaba acabar cualquier conferencia, la gente se levantó, aplaudió tímidamente y se marchó corriendo a consultar el afiche de la entrada, y cuando yo salí, acompañado por el poeta mexicano Mario Santiago, que siempre iba conmigo y que seguramente se había dado cuenta de mi error aunque no me lo dijo por que para Mario los errores y los gazapos y los equívocos eran como las nubes de Baudelaire que pasan por el cielo, es decir que hay que mirar pero no corregir, al salir, decía, nos encontramos con un viejo poeta venezolano, y cuando digo viejo recuerdo ese momento y el poeta venezolano probablemente era más joven de lo que yo soy ahora, que nos dijo con lágrimas en los ojos que tenía que haber un error, que él jamás había oído ni una palabra sobre esos poetas misteriosos de Caracas.
A estas alturas del discurso presiento que don Rómulo Gallegos debe estar revolviéndose en su tumba. Pero a quién le han dado mi premio, estará pensando. Perdone, don Rómulo. Pero es que incluso doña Bárbara, con b, suena a Venezuela y a Bogotá, y también Bolívar suena a Venezuela y a doña Bárbara; Bolívar y Bárbara, qué buena pareja hubieran hecho, aunque las otras dos grandes novelas de don Rómulo, Cantaclaro y Canaima, podrían perfectamente ser colombianas, lo que me lleva a pensar que tal vez lo sean, y que bajo mi dislexia acaso se esconda un método, un método semiótico bastardo o grafológico o metasintáctico o fonemático o simplemente un método poético, y que la verdad de la verdad es que Caracas es la capital de Colombia así como Bogotá es la capital de Venezuela, de la misma manera que Bolívar, que es venezolano, muere en Colombia, que también es Venezuela y México y Chile. No sé si entienden a dónde quiero llegar. Pobre negro, por ejemplo, de don Rómulo, es una novela eminentemente peruana. La casa verde, de Vargas Llosa, es una novela colombiano-venezolana. Terra nostra, de Fuentes, es una novela argentina y advierto que mejor no me pregunten en qué baso esta afirmación porque la respuesta sería prolija y aburridora. La academia patafísica enseña, de forma por demás misteriosa, la ciencia de las soluciones imaginarias que es, como sabéis, aquella que estudia las leyes que regulan las excepciones. Y este sobresalto de letras, de alguna manera, es una solución imaginaria que exige una solución imaginaria. Pero volvamos a don Rómulo antes de meternos con Jarry y notemos, de paso, algunas señales extrañas. Yo me acabo de ganar el decimoprimer premio Rómulo Gallegos. El 11. Yo jugaba con el 11 en la camiseta. Esto, a ustedes, les parece una casualidad, pero a mí me deja temblando. El 11 que no sabía distinguir la izquierda de la derecha y que por lo tanto confundía Caracas con Bogotá, acaba de ganar (y aprovecho este paréntesis para agradecerle una vez más al jurado esta distinción, especialmente a Ángeles Mastretta) el decimoprimer premio Rómulo Gallegos. ¿Qué pensaría don Rómulo de esto? El otro día, hablando por teléfono, Pere Gimferrer, que es un gran poeta y que además lo sabe todo y lo ha leído todo, me dijo que hay dos placas conmemorativas en Barcelona, en sendas casas donde vivió don Rómulo. Según Gimferrer, aunque sobre el particular no ponía las manos en el fuego, en una de estas casas comenzó el gran escritor venezolano a escribir Canaima. La verdad es que 99.9 % de las cosas que dice Gimferrer me las creo a pie juntillas, y entonces, mientras Gimferrer hablaba (una de las casas donde había una placa no era una casa sino un banco, lo que planteaba una serie de dudas, por ejemplo si don Rómulo en su estancia en Barcelona —y digo estancia y no exilio porque un latinoamericano jamás está exiliado en España— había trabajado en un banco o si el banco vino después a instalarse en la casa en donde vivió el novelista), como decía, mientras el poeta catalán hablaba, yo me puse a pensar en mis ya lejanos pero no por ellos menos agotadores, sobre todo en la memoria, paseos por el Ensanche, y me vi otra vez allí, dando tumbos en 1977, 1978, tal vez 1982, y de repente creí ver una calle al atardecer, cerca de Muntaner, y vi un número, vi el número 11 y luego caminé un poco más, unos pasos más, y allí estaba la placa. Eso es lo que vi mentalmente. Pero también es probable que en los años que viví en Barcelona pasara por esa calle, y viera la placa, una placa que posiblemente pone Aquí vivió Rómulo Gallegos, novelista y político, nacido en Caracas en 1884 y muerto en Caracas en 1969 y después, en letras más chiquitas, otras cosas, los libros, los blasones, etcétera, y es posible que yo pensara, sin detenerme: otro escritor colombiano famoso, y eso sólo es posible que lo pensara sin detenerme, insisto, pues la verdad es que entonces ya había leído a don Rómulo como lectura obligatoria no sé si en un liceo chileno o en una prepa mexicana y me gustaba Doña Bárbara, aunque según Gimferrer es mejor Canaima, y por supuesto sabía que don Rómulo era venezolano y no colombiano. Lo que realmente significa poco, ser colombiano o ser venezolano, y en este punto volvemos como rebotados por un rayo a la b de Bolívar, que no era disléxico y al que no le hubiera disgustado una América Latina unida, un gusto que comparto con el Libertador, pues a mí lo mismo me da que digan que soy chileno, aunque algunos colegas chilenos prefieran verme como mexicano, o que digan que soy mexicano, aunque algunos colegas mexicanos prefieren considerarme español, o, ya de plano, desaparecido en combate, e incluso lo mismo me da que me consideren español, aunque algunos colegas españoles pongan el grito en el cielo y a partir de ahora digan que soy venezolano, nacido en Caracas o Bogotá, cosa que tampoco me disgusta, más bien todo lo contrario. Lo cierto es que soy chileno y también soy muchas otras cosas. Y llegado a este punto tengo que abandonar a Jarry y a Bolívar e intentar recordar a aquel escritor que dijo que la patria de un escritor es su lengua. No recuerdo su nombre. Tal vez fue un escritor que escribía en español. Tal vez fue un escritor que escribía en inglés o francés. La patria de un escritor, dijo, es su lengua. Suena más bien demagógico, pero coincido plenamente con él, y sé que a veces no nos queda más remedio que ponernos demagógicos, así como a veces no nos queda más remedio que bailar un bolero a la luz de unos faroles o de una luna roja. Aunque también es verdad que la patria de un escritor no es su lengua o no es sólo su lengua sino la gente que quiere. Y a veces la patria de un escritor no es la gente que quiere sino su memoria. Y otras veces la única patria de un escritor es su lealtad y su valor. En realidad muchas pueden ser las patrias de un escritor, a veces la identidad de esta patria depende en grado sumo de aquello que en ese momento está escribiendo. Muchas pueden ser las patrias, se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida. Y aceptar esa evidencia aunque a veces nos pese más que la losa que cubre los restos de todos los escritores muertos. La literatura, como diría una folclórica andaluza, es un peligro.
Y ahora que he vuelto, por fin, sobre el número 11, que es el número de los que corren por la banda, y que he mencionado el peligro, recuerdo aquella página del Quijote en donde se discute sobre los méritos de la milicia y de la poesía, y supongo que en el fondo lo que se está discutiendo es sobre el grado de peligro, que también es hablar sobre la virtud que entraña la naturaleza de ambos oficios. Y Cervantes, que fue soldado, hace ganar a la milicia, hace ganar al soldado ante el honroso oficio de poeta, y si leemos bien esas páginas (algo que ahora, cuando escribo este discurso, yo no hago, aunque desde la mesa donde escribo estoy viendo mis dos ediciones del Quijote) percibiremos en ellas un fuerte aroma de melancolía, porque Cervantes hace ganar a su propia juventud, al fantasma de su juventud perdida, ante la realidad de su ejercicio de la prosa y de la poesía, hasta entonces tan adverso. Y esto me viene a la cabeza porque en gran medida todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era. De más está decir que luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería, luchamos por partidos que de haber vencido nos habrían enviado de inmediato a un campo de trabajos forzados, luchamos y pusimos toda nuestra generosidad en un ideal que hacía más de cincuenta años que estaba muerto, y algunos lo sabíamos, y cómo no lo íbamos a saber si habíamos leído a Trotski o éramos trotskistas, pero igual lo hicimos, porque fuimos estúpidos y generosos,como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio, y ahora de esos jóvenes ya no queda nada, los que no murieron en Bolivia murieron en Argentina o en Perú, y los que sobrevivieron se fueron a morir a Chile o a México, y a los que no mataron allí los mataron después en Nicaragua, en Colombia, en El Salvador. Toda Latinoamérica está sembrada con los huesos de estos jóvenes olvidados. Y es ése el resorte que mueve a Cervantes a elegir la milicia en descrédito de la poesía. Sus compañeros también estaban muertos. O viejos y abandonados, en la miseria y en la dejadez. Escoger era escoger la juventud y escoger a los derrotados y escoger a los que ya nada tenían. Y eso hace Cervantes, escoge la juventud. Y hasta en esta debilidad melancólica, en este hueco del alma, Cervantes es el más lúcido, pues él sabe que los escritores no necesitan que nadie le ensalce el oficio. Nos lo ensalzamos nosotros mismos. A menudo nuestra forma de ensalzarlo es maldecir la mala hora en que decidimos ser escritores, pero por regla general más bien aplaudimos y bailamos cuando estamos solos, pues éste es un oficio solitario, y recitamos para nosotros mismos nuestras páginas y ésa es la forma de ensalzarnos y no necesitamos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer y mucho menos que tras una encuesta nuestro oficio sea elegido el oficio más honroso de todos los oficios. Cervantes, que no era disléxico pero al que el ejercicio de la milicia dejó manco, sabía perfectamente bien lo que se decía. La literatura es un oficio peligroso. Lo que nos lleva directamente a Alfred Jarry, que tenía una pistola y le gustaba disparar, y al número 11, el extremo izquierdo que mira de reojo, mientras pasa como una bala, la placa y la casa donde vivió don Rómulo, que a estas alturas del discurso espero que ya no esté tan enojado conmigo, ni se le vaya a aparecer en sueños a Domingo Miliani para preguntarle por qué me dieron el premio que lleva su nombre, un premio para mí importantísimo, soy el primer chileno que lo obtiene, un premio que dobla el desafío, si eso fuera posible, si el desafío por su propia naturaleza, en aras de su propia virtud, ya no estuviera previamente doblado o triplicado. Un premio, según lo anterior, sería un acto gratuito y ahora que lo pienso, pues es verdad, algo tiene de acto gratuito. Es un acto gratuito que no habla de mi novela ni de sus méritos sino de la generosidad de un jurado. (Entre paréntesis: hasta ayer no conocía a ninguno.) Esto que quede claro, pues como los veteranos del Lepanto de Cervantes y como los veteranos de las guerras floridas de Latinoamérica mi única riqueza es mi honra. Lo leo y no lo creo. Yo hablando de honra. Puede que el espíritu de don Rómulo no se le aparezca en sueños a Domingo Miliani sino a mí. Estas palabras están escritas ya en Caracas (Venezuela) y una cosa está clara: don Rómulo no se me puede aparecer en sueños por la simple razón de que no puedo dormir. Afuera cantan los grillos. Calculo, a ojo de buen cubero, que serán unos diez mil o veinte mil. En el canto de uno de esos grillos tal vez está la voz de don Rómulo, confundida, dichosamente confundida, en la noche venezolana, en la noche americana, en la noche de todos nosotros, los que duermen y los que no podemos dormir. Me siento como Pinocho. -

Extraído de letraslibres

sábado, 28 de abril de 2012

Paisagem de chuva




Em cada pingo de chuva a minha vida falhada chora na natureza. Há qualquer coisa do meu desassossego no gota a gota, na bátega a bátega com que a tristeza do dia se destorna inutilmente por sobre a terra.
Chove tanto, tanto. A minha alma é húmida de ouvi-lo. Tanto... A minha carne é líquida e aquosa em torno à minha sensação dela.
Um frio desassossegado põe mãos gélidas em torno ao meu pobre coração.
As horas cinzentas e (5) alongam-se, emplaniciam-se no tempo; os momentos arrastam-se.
Como chove!
As biqueiras golfam torrentes mínimas de águas sempre súbitas. Desce pelo meu saber que há canos um barulho perturbador de descida de água. Bate contra a vidraça, indolente, gemedoramente, a chuva; Uma mão fria aperta-me a garganta e não me deixa respirar a vida.
Tudo morre em mim, mesmo o saber que posso sonhar! De nenhum modo físico estou bem. Todas as maciezas em que me reclino têm arestas para a minha alma. Todos os olhares para onde olho estão tão escuros de lhes bater esta luz empobrecida do dia para se morrer sem dor.

Fernando Pessoa, Livro do desassossego

miércoles, 25 de abril de 2012

Entre San Jorge y San Marcos

Representación de San Jorge en el folio 1 de un códice manuscrito del siglo XI
Códice 39(2) de la Real Academia de la Historia

En el santoral de la Iglesia católica San Marcos evangelista desplazó a las "Robigalia", fiestas romanas dedicadas al dios "Robigo", protector de las cosechas contra la roya o "robigo". Ver entrada sobre San Marcos en La Behetría

Unos días antes, el día 23 se conmemora la muerte de San Jorge, natural de Capadocia, fallecido en el año 303. Al igual que Santiago ayudaba a los castellanos en sus batallas contra los sarracenos, la tradición catalana cuenta que fue Sant Jordi quien ayudó al rey de Aragón Jaume I en la Batalla del Puig en 1237.
Tabla que representa a Sant Jordi en la Batalla del Puig de 1237, en la Catedral de Santa María de Valencia

San Jorge es el patrón de muchos lugares, entre otros Inglaterra, Portugal y Cataluña. También es el patrón de los Boy Scouts. En el año 1996 la UNESCO declaró este día como Día Internacional del Libro, ya que alrededor de esta fecha se conmemora el fallecimiento de Cervantes y de Shakespeare.


Cuenta la leyenda que en Capadocia -región que cambia de nombre según el lugar donde se explique- había un dragón que atacaba al reino. Muertos de miedo, los habitantes decidieron entregarle cada día dos corderos al dragón para satisfacer su hambre y que no atacase la villa. Pero cuando los animales empezaron a escasear se decidió enviar a una persona -escogida por sorteo- y un cordero. Aquella familia que veía cómo un miembro era devorado por el dragón recibía, a cambio, todo tipo de riquezas como compensación.

A partir de aquí, hay dos versiones de la leyenda: por un lado, que el pueblo se cansó de que ningún miembro de la familia real fuera enviado y que por tanto debía ser la princesa quien fuera devorada y, por otro, que un día fue la princesa la escogida por sorteo para acompañar al cordero. Sea como fuere, de camino hasta la cueva del dragón, la princesa se encontró al caballero Jorge y éste, matando al dragón clavándole su espada, la rescató. De la sangre que brotó del cuerpo sin vida del monstruo nació una rosa roja que el caballero le entregó a la princesa.

El rey ofreció al caballero todas las riquezas a imaginar, pero él prefirió que se repartieran entre los habitantes del reino. Además, se construyó una iglesia en su nombre, de la cual brotaba un agua milagrosa que era capaz de curar a los enfermos.

Es por ello que en Cataluña y en partes de la Comunidad Valenciana es costumbre cada 23 de abril que los hombres regalen rosas a las mujeres, como si de un caballero y una princesa se trataran. Ellas les regalan un libro, recordando el enterramiento y fallecimiento respectivamente de dos grandes de la literatura: Cervantes y Shakespeare.

El nombre de Santurce o Santurtzi, en Bizkaia, proviene de la evolución romance y la contaminación del euskera de San Jorge, tal y como era denominado en latín en la Alta Edad Media. Esta denominación era extraña en el entorno, dado que no es normal encontrar en Bizkaia topónimos con este origen ni una especial relación con la figura de este santo. De hecho, se suele explicar desde la leyenda esta singularidad, atribuyéndose el origen del nombre de Santurtzi a algunos monjes ingleses asentados en la aldea que fundaron un monasterio dedicado a San Jorge. Sea como fuere, Santurtzi ha tenido como siempre como patrón a San Jorge y en su honor se celebran, desde tiempos antiquísimos, el 23 de abril las Fiestas de San Jorge.

También hubo una ermita, hoy desaparecida, dedicada a este santo en Salvatierra - Agurain (Álava). De su existencia queda constancia en el nombre de un barrio que celebra sus fiestas en honor de San Jorge.

lunes, 23 de abril de 2012

Recordando a Bolaño

En el día del libro queremos rendir homenaje a un gran escritor y ladrón de libros confeso. Roberto Bolaño pensaba que "Lo bueno de robar libros (y no cajas fuertes) es que uno puede examinar con detenimiento su contenido antes de perpetrar el delito".


Porque robar libros no es robar


viernes, 20 de abril de 2012

El problema no es el soporte sino la falta de lectores


Esto es lo que opinamos muchos. El chileno Antonio Skármeta también. Así lo afirma en un lúcido y hermoso artículo publicado en la Revista de Cultura Ñ, este magnífico escritor autor de novelas como  "Soñé que la nieve ardía", "Ardiente paciencia", "La boda del poeta", "La chica del trombón", "Un padre de película", "Los días del arco iris", y "El cartero de Neruda", además de varias recopilaciones de cuentos, alguna obra de teatro y varios guiones cinematográficos.

Éste es el artículo de Antonio Skármeta:

Elogio del papel


Soy un romántico perdido admirador del libro de papel, así como de las inscripciones que han hecho culturas desaparecidas en las cavernas o en pergaminos ancestrales. Y sin embargo, entre los escritores contemporáneos pertenezco a la rara especie de aquellos que no abominaron de la televisión y durante más de una década hice programas en Latinoamérica, como “El Show de los Libros” y “La Torre de Papel” en People and Arts.
Contra todas las predicciones de que un intento de hacer masiva la cultura del libro sería castigado con nula o escasa sintonía, los programas que hice, transmitidos muy tarde de noche, en muchas ocasiones se ubicaron entre los diez programas más vistos en los canales que los transmitían.
Esto no sólo es atribuible al espíritu del realismo mágico que caracteriza buena parte de la literatura latinoamericana sino a mi convicción profunda, adquirida en la infancia, de que los relatos escritos pueden dar un destello más intenso si recuperan la alegría original de la oralidad.
Esta convicción no me vino de la lectura de antropólogos, sino de rústicas experiencias aldeanas compartidas con mi abuela cuando era un niño de ocho años. Mi infancia fue un largo idilio con la radio y mi primera experiencia con relatos que carecían de todo soporte material.
Cuando mi abuela tejía interminables chalecos después del almuerzo, me pedía que me quedara sentado a su lado, mientras ella oía horribles melodramas radiales con música patética y episodios escalofriantes. Se apasionaba de tal manera que se irritaba si alguien le hacía una pregunta o sonaba el teléfono.
Y comentaba con furia la torpeza de los protagonistas que no eran tan decididos como ella para actuar. Por ejemplo, recuerdo una serie en que capítulo a capítulo dos bandidos intentaban robar el anillo de diamantes de una mujer aristocrática. Pero cada vez que estaban a punto de birlarle el anillo de su dedo algo pasaba: entraba la criada, el marido se acercaba a besarla, ella se encerraba en el baño a ducharse. Mi abuela, que amaba las emociones fuertes, me dijo indignada, con su acento croata: “Qué bandidos más estúpidos. Lo que tienen que hacer es traer hacha, cortar dedo mujer rica, y llevarse anillo y dedo”.
En el pueblo donde oíamos eras seriales patéticas la electricidad no era muy estable. Y había muchos cortes de energía. Mi abuela se indignaba, pues ocurrían a veces en el momento culminante de la acción. Y entonces me decía: “A ver, Antonio, qué crees tú que está pasando ahora.” Y yo, con muchos gestos y ritmo acezante, le iba contando lo que me imaginaba. Por cierto con acciones tan descabelladas como las que le gustaban a ella. Mi abuela asentía y seguía tejiendo.
Y un día sábado, en que sí había electricidad y la radio funcionaba con el melodrama a alto volumen, mi abuela la apagó y me dijo: “Antonio, mejor cuéntame tú”. Yo estimo que ese fue el momento inaugural de mi vida de escritor: ¡sin soporte de ningún tipo! La aprobación de la anciana de mis “complementos” dramáticos, me resultó más valiosa que un PH D en Creative Writing de Harvard.
Sé que gran parte de las conversaciones sobre el futuro del libro versan sobre los soportes del relato: desde nuestro amado tradicional volumen de papel hasta el e-book. Siendo yo un escritor que aprendió a amar la literatura sin ningún soporte material –como no fuera la voz humana– no le temo al tipo de aeropuerto donde aterricen las fantasías.
Para mí el problema de la literatura no es el tipo de soporte sino la falta de lectores. Si hago el elogio del libro de papel con entusiasmo es porque hasta ahora éste ha sido el vehículo que me ha permitido contactarme con lectores en más de treinta lenguas Pero también lo han conseguido los filmes hechos sobre mis novelas y las óperas que las han cantado. No temo a las transformaciones: al contrario, las aliento. Trabajo con ellas. Sé que cualquiera que sea el soporte de las cartas que le lleva mi cartero a Pablo Neruda la emoción que tendrá el lector del libro, del i- pad, del e-book, o de la pantalla de cine, o de los escenarios teatrales, será la misma. Un discurso que convivirá entre marejadas de otros para ocupar en el alma de la gente un espacio inmaterial.
He estado consultando las estadísticas acerca de la cantidad de lectores de libros en sistemas electrónicos y noto que hasta el momento el mercado de éstos en mi lengua, el castellano, es enormemente inferior a los de habla inglesa. Nada de extraño, en principio, porque hasta el vocabulario de la electrónica tiene un origen inglés. Sin embargo, quiero proponerles una consideración que me hace pensar que el soporte de papel de la literatura, el libro, es un objeto tan sofisticado que al menos, en lo que llamamos las bellas artes, convivirá con los nuevos soportes y quizás con alguna ventaja.
Mi argumento: las pantallas hoy son la herramienta fundamental de trabajo de la humanidad.
En cualquier lugar del planeta la mayor parte del tiempo laboral transcurre entre los fogonazos de los ordenadores. La electrónica, en primer lugar, está asociada al trabajo. Doblega nuestra vista, nos agota la atención. Es nuestro jefe.
Claro que también es el espacio privilegiado de comunicación entre las personas que se sienten ligadas con su uso. Pero no es menos interesante que las formas más populares de expresión entre los viajeros de la red de Internet sea el mensaje abreviado, minimalista, conciso. El de la información: Twitter.
Pero justamente la literatura es mucho más que información. Un libro científico es un caudal de informaciones y los textos de estudio son sólo eso: información que hay que entender, aprender, dominar y aplicar.
Mas la literatura no tiene nada que ver con estos criterios pragmáticos. La literatura es justamente el regodeo en la palabra, en las imágenes que abren la mente hacia zonas no codificadas por el lenguaje de las ciencias. La literatura de creación, narración o poesía, pertenecen al ámbito del placer más que el del trabajo.
Creo que este factor psicológico –de evasión hacia lo otro– pondrá a salvo al libro de la voracidad de la información. De quienes la dan y de quienes la piden.
Claro que es posible comprar un DVD y ver el último filme premiado en Cannes en la pantalla de televisor de la casa. Pero aún vamos al cine. Claro que nuestros sentimientos profundos de religiosidad permiten un diálogo íntimo con la divinidad en un rezo, pero entramos a los templos, y participamos de los ritos. Claro que podemos decirle palabras de amor a la amada por teléfono o por mail: pero buscamos encontrarla y vamos tras sus labios con nuestro beso.
Si aceptamos que la información pragmática es algo que también puede ser eficientemente proporcionada por los medios electrónicos, paralelamente reconozcamos que el libro tradicional es un objeto estético que supera las necesidades de información.
La industria del libro de papel ha creado en su entorno - librerías, lecturas, prensa cultural, - la admiración simultánea y la excitación colectiva ajena a la “soledad” del libro electrónico. Dudo que la fantasmal aparición de un relato en la soledad de un soporte electrónico privado tenga la efusiva gracia del nacimiento de un texto en papel. La publicación de un libro en la modalidad existente es un acontecimiento cultural que pone esa imaginación extravagante, que es la fantasía de un escritor, en la agenda colectiva de la gente.
De allí que mi apuesta es por una larga convivencia de distintos tipos de soportes: los electrónicos serán fieles aliados de la investigación, la información, el “trabajo” intelectual, el contacto “solitario” con un relato.
Los soportes en papel seguirán siendo el espacio privilegiado de la imaginación no utilitaria, de la combinación de artes que se expresan en el objeto libro.
Y por cierto la noble tarea que ya las instituciones más dedicadas a la cultura universal han iniciado de crear las bibliotecas virtuales es digna de todo elogio. Esa información se expandirá e influirá en la vida de millones de personas haciéndolas más informadas, sensibles y, consecuentemente, más libres.

El futuro del autor
Pero hay un aspecto que me preocupa en lo que concierne al futuro del libro, que va adjunto a éste, y que creo que no es nada menor: el futuro del autor.
Temo que la explosiva rapidez de los medios electrónicos vaya muy por delante de las leyes de protección de la propiedad intelectual y que la figura del creador y su obra está a merced de empresas que se apropian de contenidos y que las ponen en circulación sin prestar ninguna, o muy poca atención, a los derechos de propiedad intelectual que el libro de papel ha sabido resguardar de manera bastante honorable.
Si los legisladores de todos los países del mundo que suscriben el respeto a la cultura y a los derechos humanos no legislan enérgicamente contra la apropiación y divulgación indebida de creaciones individuales, el autor profesional, que es el alma del relato, verá menguado su rol, su ánimo.
El escritor deberá hacer de su arte una suerte de hobby adjunto a un trabajo que le permita mantenerse: ser empleado de una compañía de seguros, maestro en una universidad, kioskero en una esquina, lavador de autos, portero de hotel, domador de leones, y por qué no, mientras aún exista la oficina de correos….¡ cartero! Mucho me temo, además, que una de las frases más populares de mi novela Il Postino, El Cartero de Neruda , que en el momento que se formuló era una espontánea declaración de amor a la poesía, hoy se ha transformado en una práctica perversa de consorcios que ganan fortunas distribuyendo, sin ética de ningún tipo, materiales que no les pertenecen.
Les recuerdo la insólita situación con la que se divirtieron los lectores que compraron mi libro El cartero de Neruda . El poeta le reprocha al inocente cartero que le ha robado algunos versos de amor que ha escrito y que ha recitado como si fueran de él, el cartero, a la mujer que ama. Ante esta llamada de atención del poeta, el cartero replica airado: “La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la usa”. Si el libro se hizo popular junto al filme basado en él, con Massimo Troisi en el rol protagónico, esa frase fue tan celebrada por los jóvenes que un importante fabricante de remeras la imprimió en sus productos.
Jamás pudimos imaginarnos que esta inocente broma podría llegar a ser parte de una política depredadora de los servidores electrónicos quienes parecen no haber leído la respuesta que Neruda le da al Cartero tras oír su enfática proclama: “Sí, pero no llevemos la democracia tan lejos que tengamos que someter a votación dentro de la familia quién es el padre”.
Hay países que han avanzado en legislar sobre el uso indebido de materiales sin respetar el derecho de autor y hay otros que legislan y sus leyes no cuentan con la simpatía de los millones de “democráticos” usuarios de la red electrónica que condenaría sin problemas a quien se robara un pollo congelado en un supermercado.
Existe la idea muy popular entre los jóvenes de que la belleza de una obra de arte debe ser una especie de dominio colectivo. ¡Menudo problema para el creador que suele estar muy cerca de las aspiraciones de la gente! ¿Cómo explicarles que estas demandas hundirían la posibilidad de sobrevivir dignamente a los autores que aman y que los aman a ellos? ¿Cómo decirles con toda claridad que son las compañías que emiten estos contenidos las que se llevan las ganancias con cada descarga ilegal que ellos hacen? Hasta el momento el libro impreso ha sobrevivido a los abusos de la fotocopiadora porque hay una ética en los lectores y por qué no decirlo, una estética, que entiende que el libro impreso es mucho más que las meras palabras que puso allí un autor.
¿Pero qué futuro va a tener el libro si el creador no está protegido y expuesto impunemente a la rapiña de sus obras? ¿Pretenden acaso que los estados mantengan con becas eternas a los autores y que estos se conviertan en servidores del poder que les da de comer?

Papel, ética y estética 
Que hay alguna ética ligada a una estética se comprueba en esta observación que he leído de la escritora Cornelia Funke cuando cuenta que en Estados Unidos los menores de 18 años leen sólo en lectores digitales y que “sólo cuando se enamoran de un libro, lo compran en papel”. Un dato muy oportuno para volver a mi elogio del soporte maravilloso que es el libro. Su prestigio, es aquí equiparado a la palabra “amor”. En Barcelona, una de las capitales editoriales del mundo, el día de Saint Jordi las parejas de enamorados intercambian como regalos flores y libros.
Confirma también mi sensación de que el formato electrónico se adapta mucho mejor a la información que a la literatura, el dato de que en Alemania éste supera al impreso, y que en literatura de ficción sólo alcanza a un modesto veinte por ciento de las ventas. Ni hablar de España, donde la gran agente literaria Carmen Balcells ha revelado que los resultados de ventas de e-books son casi nulos, pese a que ella ha expresado su entusiasmo por los nuevos artefactos y se adecua a la realidad.
Si el libro de papel ha de sobrevivir y convivir con la difusión de libros por la red y los e-books, los grandes espacios de circulación han de activarse para hacerse más acogedores. En los distintos idiomas y continentes por los que me muevo detecto un ansia en la gente de intimidad, de estar cerca del artista y la obra de arte, de huir de la experiencia chirriante y estridente, de estar vivo “en vivo” en medio de los acontecimientos. Lo veo en mi experiencia y en la de varios colegas, a los que más y más se nos invita a lecturas, conferencias, debates. El libro, tal como lo hemos conocido hasta hoy, recoge mucho de esa anhelada proximidad, concentra una comunicación más íntima con el lector, menos mediatizada. No hay que hacer ningún clic para llegar y sumergirse en él.
Dicen los estudiosos del futuro que en algunas décadas el libro será una rareza, un objeto de “boutique”. Está bien, con el libro electrónico tal vez muera el libro de papel, pero no el relato. Aunque sospecho que la imaginación de los poetas, músicos, narradores, cineastas, será disfrutada por millones gratis, pirateada o plagiada, y que los artistas volveremos a la romántica pobreza de la bohemia. ¡Qué más da! ¡Hemos vivido en ella tanto tiempo! O como decimos en Chile : “¡Qué le hace el agua al pescado!” Conferencia dictada en Focus 2011. Second UNESCO World Forum on Culture and Cultural Industries.

sábado, 14 de abril de 2012

26 años sin Simone de Beauvoir

Simone de Beauvoir (9/1/1908 - 14/4/1986) planteó una cuestión fundamental para el desarrollo de lo que se llamó "feminismo": ¿Qué es ser mujer? Para Simone de Beauvoir, "no se nace mujer, se llega a serlo" y la cuestión es asumir la capacidad de elección del tipo de mujer que se quiere ser. La cultura patriarcal ha construido diversos ideales de mujer.

La cultura patriarcal burguesa en la que vivimos tiene su propio ideal de mujer, que la más reciente cultura patriarcal burguesa democrática e igualitaria ha maquillado ligeramente "concediendo" a la mujer ciertos derechos que hasta ahora estaban reservados a los hombres…

Para Simone de Beauvoir, la mujer tenía que ser capaz de elegir y de transformar ese ideal de mujer que se le impone culturalmente.

miércoles, 11 de abril de 2012

Twittering Machine - Máquina de trinos

Twittering Machine (Die Zwitscher-Maschine)
Paul Klee (1879-1940)

Millones de personas en el mundo trinan y gorjean enredadas en la red*, mediante una nueva maquinaria virtual a la que se conoce como "twitter". Paul Kle lo intuyó hace casi 100 años cuando las vanguardias y los adalides de la modernidad ya intuían la catástrofe…

Esta obra de Paul Klee se encuentra en el Museum of Modern Art, MoMA, de New York. Una publicación de este museo se refiere a ella de esta manera:

El "gorjeo" al que se refiere el título, sin duda, se refiere a las aves, mientras que la "máquina" es sugerida por la manivela. Los dos elementos son, literalmente, una fusión de lo natural con el mundo industrial. Cada ave se encuentra con el pico abierto, preparada como si fuera a anunciar el momento en que el azul brumoso frío de la noche da paso al resplandor rosado de la aurora. La escena evoca una versión abreviada-pastoral, pero los pájaros están encadenados a su percha, que es a su vez conectada a la manivela.

Tras una inspección más cercana, sin embargo, una sensación incómoda de que se avecinauna amenaza comienza a manifestarse. Compuesto por una línea de alambre, nervioso, estas criaturas tienen un gran parecido a las aves sólo en sus picos y plumas y en la forma de sus siluetas, que aparecen más cerca de las deformaciones de la naturaleza. La manivela evoca la idea de que esta "máquina" es una caja de música, donde las aves funcionan como cebo para atraer a las víctimas a la fosa sobre la que se encuentra la máquina. Podemos imaginar la cacofonía infernal hecha por los pájaros chillando, sus patas encogidas delgadas y tensas, que se agarran a la máquina a la que se fusionan.

El arte de Klee, con su extraordinario color y su técnica expresiva, hace comparaciones con la caricatura, el arte de los niños, y la técnica de dibujo automático de los surrealistas. En esta Máquina, gracias a su sensibilidad de contraste, convergen el humor y la monstruosidad con los elementos formales para crear una obra tan intrigante en su composición técnica como lo es en su multiplicidad de significados.



* La red en la que, cual ingenuas avecillas, hemos venido a caer la mayor parte de la población de este mundo extraño al que se suele calificar como desarrollado, civilizado, democrático y occidental, en el sentido que ya le daba a comienzos del siglo XVII, "Sebastian de Cobarrubias Orozco, Capellan de su Magestad, Mastrescuela y Canonigo de la Santa Iglesia de Cuenca, y Consultor del Santo Oficio de la Inquisicion": "Caer en la red. Enredar, asir con redes, por translación revolver unos con otros: enredos engaños: enredado, el ofuscado en muchos negocios."

Esta red, desde la que piamos (to tweet) desesperadamente, y que nos tiene atrapados como si fuéramos moscas, parece como si hubiera sido construida a tal efecto por una todopoderosa araña, a la que el mismo Sebastián de Covarrubias se refería de esta manera:


sábado, 7 de abril de 2012

Feliz cumpleaños, Billie



Strange fruit

Southern trees bear strange fruit,
Blood on the leaves and blood at the root,
Black bodies swinging in the southern breeze,
Strange fruit hanging from the poplar trees.

Pastoral scene of the gallant south,
The bulging eyes and the twisted mouth,
Scent of magnolias,
sweet and fresh,
Then the sudden smell of burning flesh.

Here is fruit for the crows to pluck,
For the rain to gather, for the wind to suck,
For the sun to rot, for the trees to drop,
Here is a strange and bitter crop.


Extraño fruto

Árboles sureños cargan extraños frutos,
Sangre en las hojas, y sangre en la raíz,
Cuerpos negros se balancean a la brisa sureña
Extraños frutos penden de los tuliperos.

Escena pastoral del galante sur,
Los ojos saltones y la boca retorcida,
Perfume de magnolias, dulce y fresco,
Y el repentino olor de carne quemada.

Aquí está el fruto (que alardea coraje) para que arranquen los cuervos,
Para que la lluvia tome, para que el viento chupe,
Para que el sol descomponga, para que los árboles suelten,
Esta es una extraña y amarga cosecha.






Billie Holiday : Fine and Mellow (Sound of Jazz, 1957)

Músicos:
Billie Holiday (vocals), Lester Young (tenor sax), Roy Eldridge (trumpet), Doc Cheatham (trumpet), Vic Dickenson (trombone), Coleman Hawkins (tenor sax), Gerry Mulligan (baritone sax), Mal Waldron (piano), Osie Johnson (drums), Milt Hinton (bass), Ben Webster (tenor sax), Danny Barker (guitar).

Grabación: CBS television broadcast, New York, December 8, 1957

domingo, 1 de abril de 2012

Huérfanos de palabras

La muerte violenta del poeta mexicano Guillermo Fernández nos deja huérfanos de palabras, de sus palabras para nombrar el mundo y para nombrarnos a nosotros mismos y para nombrar la violencia que ayer acabó con su vida y con sus palabras.

Más sobre Guillermo Fernández en Material de lectura

sábado, 31 de marzo de 2012

Antonio Tabucchi in Memoriam: porque la vida no nos basta...

“La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta” (Fernando Pessoa).

A continuación extraemos de Milenio online un fragmento del discurso que Antonio Tabucchi leyó en la Universidad de Aix-en Provence tras recibir el doctorado honoris causa.

Texto tomado de La Repubblica.
Traducción de María Teresa Meneses


El dueño de la Tabaquería

En su lección inaugural en el Collège de France del 7 de enero de 1977, Roland Barthes afirma: “La literatura trabaja en los intersticios de la ciencia: siempre se le adelanta o se le retrasa, semejante a la piedra de Bolonia que irradia durante toda la noche lo que ha almacenado durante el día y gracias a esta luz indirecta ilumina el día venidero. La ciencia es burda, la vida es sutil, y para corregir esta distancia es que la literatura nos importa”. La vida es sutil, es verdad, pero yo agregaría que también es insuficiente: “La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta” (Fernando Pessoa).

La literatura ofrece la posibilidad de un plus respecto a lo que la naturaleza nos concede. Y en este plus está incluida la alteridad, el pequeño milagro que nos es concedido en el viaje de nuestra breve existencia: salir de nosotros mismos y devenir “otros”. De la heteronomía de Fernando Pessoa ya se ha posesionado esa cultura middlebrow promovida por ciertos medios que privilegian el escándalo y el sensacionalismo, tratándola con el mismo rasero de un caso clínico, yo diría, de un “efecto especial”. Y divulgando al poeta como un fenómeno de circo callejero, una especie de “desviado”. Naturalmente, la poética de Pessoa, aun en su radical impostación, es intrínseca a la literatura de siempre. Cual comedia humana, en versión moderna y plasmada en poesía, es la misma de Shakespeare, Cervantes, Balzac. Cervantes dijo de sí mismo que él era, a la vez, don Quijote y Sancho Panza. Sabemos que Shakespeare no fue príncipe de ninguna Dinamarca. Flaubert sostenía que Madame Bovary era él, pero nada nos impide imaginarlo como la vieja sirvienta Félicité de Un corazón sencillo. Baudelaire escribió: “Como almas errantes que buscan un cuerpo, él puede entrar, cuantas veces lo desee, en cualquier personaje”.

La literatura no es estable, es nómada. No sólo porque nos hace viajar a través del mundo, sino sobre todo porque nos hace atravesar el espíritu humano. Además es correctiva, porque es la única posibilidad que nos es permitida de modificar los acontecimientos y de corregir la Historia más madrastra. Porque es el territorio de lo posible, de la libertad absoluta. Encerrado en el fuerte de Taureau, en Morlaix, Auguste Blanqui, luego de la derrota de la Comuna, quiso tomar revancha de los acontecimientos que lo devastaron. Partiendo de las teorías acerca del universo de Laplace, y, por lo tanto, con un rigor absolutamente científico, aunque aplicando pura hipótesis, él retoma la idea del infinito del Universo, del Tiempo y del Espacio, inscribiendo su hipótesis en una infinidad de mundos posibles, con una infinidad de historias posibles, cada una, en el fondo, igual a sí misma, pero con variables de las que se obtenían resultados diversos. Así, por ejemplo, en un lugar indeterminado del tiempo y del espacio, anywhere, los mismos comuneros habrían ganado la batalla y afirmado sus ideales, y el propio Blanqui, idéntico a sí mismo pero en una de sus posibles variantes, en lugar de sentir la profunda amargura de la derrota, vería el triunfo de sus ideales. L’eternité par les astres, libro singular y extraordinario de un no-literato, en realidad es gran literatura y, sin duda alguna, uno de los libros más revolucionarios de finales del siglo XIX; sin el cual, agrego, un gran escritor como Jorge Luis Borges acaso jamás hubiese existido.

¿Por qué se escribe? La pregunta, inevitable, retorna siempre, aunque se trate de evitar, semejante a ciertas señoras pías dedicadas a su catequesis y que todos los domingos implacablemente llegan a tocarnos a la puerta. Pero incluso la respuesta más radical como la de Beckett (“porque no soy bueno para otra cosa”), evidentemente es insuficiente e inspirada por una modestia que, junto con el autoescarnio, no resuelve el problema. Conozco a decenas de personas que no son “buenas para otra cosa” y que en vida jamás han escrito una sola línea. Además, todas las respuestas son plausibles sin que ninguna en verdad lo sea. ¿Se escribe porque se tiene miedo de la muerte? Es posible. ¿O, más bien, no se escribe porque se tiene miedo de vivir? También esto es posible. ¿Se escribe porque se siente nostalgia de la infancia? ¿Porque el tiempo ha pasado demasiado aprisa? ¿Porque el tiempo está pasando demasiado aprisa y queremos detenerlo? ¿Se escribe por lamento, porque hubiéramos querido hacer ciertas cosas y no las hemos hecho? ¿Se escribe por remordimiento, porque no hubiéramos querido hacer ciertas cosas y las hemos hecho? ¿Se escribe porque se está aquí pero se quisiera estar allá? ¿Se escribe porque se ha ido allá pero después de todo hubiera sido mejor quedarse aquí? ¿Se escribe porque sería en verdad hermoso poder estar aquí donde hemos llegado y al mismo tiempo también estar allá donde estábamos primero? ¿Se escribe porque “la vida es un hospital en el que cada enfermo quisiera cambiar de cama. Uno preferiría sufrir junto al calentador, y el otro está convencido de que se restablecería junto a la ventana” (Baudelaire)?

¿O no se escribirá también por juego? Pero no por el puro juego, como pretendía la vanguardia de los adelantados en Italia y de otras partes, es decir, la literatura entendida como palabras cruzadas que es tan útil para matar el tiempo. Naturalmente, tiene que ver el juego, pero es un juego que no tiene nada que ver con las guasas con las que sobresalen ciertos jugadores, los prestidigitadores del domingo que saben cómo deleitar al respetable público. Acaso es un juego parecido al de los niños. De una terrible seriedad. Porque cuando un niño juega, pone todo en juego. Coge una piedrita y sentado en el escalón de la casa, mientras se va haciendo de noche, y sosteniendo la piedrita sobre la palma de la mano, dice que esa piedrita es el mundo. Subrayo: no sólo lo piensa, sino lo expresa, porque solamente cuando lo dice, el sortilegio sucederá y la piedrita se transformará en el mundo: es el pacto absoluto. El niño sabe que si esa piedrita se cayese, el mundo se precipitaría, el universo en el que el mundo gira se perturbaría, los astros se volverían locos y avanzaría el caos. Él sabe que hasta que su juego dure, tendrá en sus manos la suerte del mundo. Hasta el momento en que su padre aparece en el umbral de la puerta sonriendo, la cena está en la mesa, hace frío, mañana es día de escuela, y ahora es necesario entrar en la casa. El dueño de la Tabaquería ha sonreído. Sin darme cuenta he llegado al punto culminante de un sublime poema del heterónimo de Fernando Pessoa, Álvaro de Campos. Tabaquería, en el cual hay una analogía con la risible y angustiosa dialéctica baudelariana entre el calentador y la ventana. En lugar del calentador hay una silla en el fondo de la habitación donde cada tanto el poeta va a sentarse para reflexionar, saboreando ciertas intuiciones (sus epifanías) que se le suscitan mirando desde la ventana de su buhardilla hacia la tienda de tabaco al otro lado de la calle, donde la gente entra y sale, y donde está la vida, como en la vida. Pero he aquí que: “Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),/ y la realidad plausible cae de repente encima de mí./ Me incorporo a medias con energía, convencido, humano, y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario”. “El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?)./ Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica./ (El dueño de la tabaquería ha llegado a la puerta.)/ Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto./ Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves!, y el Universo/ se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el dueño de la tabaquería se ha sonreído”.

Pero, ¿quién es el dueño de la Tabaquería? Éste es el problema. ¿Y además, por qué sonríe, acaso lo hace de una manera irónica o con bondadosa suficiencia, casi como señalándole al poeta que resulta vano plantearle preguntas a la vida y al mundo, que es vano pedirle a su Tabaquería que nos revele el misterio de todo?

Si me apuran, en esa sonrisa se esconde algo de leonardesco, como si se tratase de lo inescrutable de las cosas, del límite de la conciencia humana que el genio de Leonardo ha representado en forma de sonrisa sobre los labios de La Gioconda y de San Juan, algo que Ortega y Gasset definió inefable. Te ha sido concedido el privilegio de conocer hasta un cierto punto, no puedes ir más allá, parece decir esa sonrisa. Como el dueño de la Tabaquería, el dueño del circo, saludando al público, sonríe. El espectáculo ha terminado. La literatura se detiene aquí, comienza el misterio de la vida. Y la literatura se pone de nuevo a trabajar.




miércoles, 8 de febrero de 2012