viernes, 20 de abril de 2012

El problema no es el soporte sino la falta de lectores


Esto es lo que opinamos muchos. El chileno Antonio Skármeta también. Así lo afirma en un lúcido y hermoso artículo publicado en la Revista de Cultura Ñ, este magnífico escritor autor de novelas como  "Soñé que la nieve ardía", "Ardiente paciencia", "La boda del poeta", "La chica del trombón", "Un padre de película", "Los días del arco iris", y "El cartero de Neruda", además de varias recopilaciones de cuentos, alguna obra de teatro y varios guiones cinematográficos.

Éste es el artículo de Antonio Skármeta:

Elogio del papel


Soy un romántico perdido admirador del libro de papel, así como de las inscripciones que han hecho culturas desaparecidas en las cavernas o en pergaminos ancestrales. Y sin embargo, entre los escritores contemporáneos pertenezco a la rara especie de aquellos que no abominaron de la televisión y durante más de una década hice programas en Latinoamérica, como “El Show de los Libros” y “La Torre de Papel” en People and Arts.
Contra todas las predicciones de que un intento de hacer masiva la cultura del libro sería castigado con nula o escasa sintonía, los programas que hice, transmitidos muy tarde de noche, en muchas ocasiones se ubicaron entre los diez programas más vistos en los canales que los transmitían.
Esto no sólo es atribuible al espíritu del realismo mágico que caracteriza buena parte de la literatura latinoamericana sino a mi convicción profunda, adquirida en la infancia, de que los relatos escritos pueden dar un destello más intenso si recuperan la alegría original de la oralidad.
Esta convicción no me vino de la lectura de antropólogos, sino de rústicas experiencias aldeanas compartidas con mi abuela cuando era un niño de ocho años. Mi infancia fue un largo idilio con la radio y mi primera experiencia con relatos que carecían de todo soporte material.
Cuando mi abuela tejía interminables chalecos después del almuerzo, me pedía que me quedara sentado a su lado, mientras ella oía horribles melodramas radiales con música patética y episodios escalofriantes. Se apasionaba de tal manera que se irritaba si alguien le hacía una pregunta o sonaba el teléfono.
Y comentaba con furia la torpeza de los protagonistas que no eran tan decididos como ella para actuar. Por ejemplo, recuerdo una serie en que capítulo a capítulo dos bandidos intentaban robar el anillo de diamantes de una mujer aristocrática. Pero cada vez que estaban a punto de birlarle el anillo de su dedo algo pasaba: entraba la criada, el marido se acercaba a besarla, ella se encerraba en el baño a ducharse. Mi abuela, que amaba las emociones fuertes, me dijo indignada, con su acento croata: “Qué bandidos más estúpidos. Lo que tienen que hacer es traer hacha, cortar dedo mujer rica, y llevarse anillo y dedo”.
En el pueblo donde oíamos eras seriales patéticas la electricidad no era muy estable. Y había muchos cortes de energía. Mi abuela se indignaba, pues ocurrían a veces en el momento culminante de la acción. Y entonces me decía: “A ver, Antonio, qué crees tú que está pasando ahora.” Y yo, con muchos gestos y ritmo acezante, le iba contando lo que me imaginaba. Por cierto con acciones tan descabelladas como las que le gustaban a ella. Mi abuela asentía y seguía tejiendo.
Y un día sábado, en que sí había electricidad y la radio funcionaba con el melodrama a alto volumen, mi abuela la apagó y me dijo: “Antonio, mejor cuéntame tú”. Yo estimo que ese fue el momento inaugural de mi vida de escritor: ¡sin soporte de ningún tipo! La aprobación de la anciana de mis “complementos” dramáticos, me resultó más valiosa que un PH D en Creative Writing de Harvard.
Sé que gran parte de las conversaciones sobre el futuro del libro versan sobre los soportes del relato: desde nuestro amado tradicional volumen de papel hasta el e-book. Siendo yo un escritor que aprendió a amar la literatura sin ningún soporte material –como no fuera la voz humana– no le temo al tipo de aeropuerto donde aterricen las fantasías.
Para mí el problema de la literatura no es el tipo de soporte sino la falta de lectores. Si hago el elogio del libro de papel con entusiasmo es porque hasta ahora éste ha sido el vehículo que me ha permitido contactarme con lectores en más de treinta lenguas Pero también lo han conseguido los filmes hechos sobre mis novelas y las óperas que las han cantado. No temo a las transformaciones: al contrario, las aliento. Trabajo con ellas. Sé que cualquiera que sea el soporte de las cartas que le lleva mi cartero a Pablo Neruda la emoción que tendrá el lector del libro, del i- pad, del e-book, o de la pantalla de cine, o de los escenarios teatrales, será la misma. Un discurso que convivirá entre marejadas de otros para ocupar en el alma de la gente un espacio inmaterial.
He estado consultando las estadísticas acerca de la cantidad de lectores de libros en sistemas electrónicos y noto que hasta el momento el mercado de éstos en mi lengua, el castellano, es enormemente inferior a los de habla inglesa. Nada de extraño, en principio, porque hasta el vocabulario de la electrónica tiene un origen inglés. Sin embargo, quiero proponerles una consideración que me hace pensar que el soporte de papel de la literatura, el libro, es un objeto tan sofisticado que al menos, en lo que llamamos las bellas artes, convivirá con los nuevos soportes y quizás con alguna ventaja.
Mi argumento: las pantallas hoy son la herramienta fundamental de trabajo de la humanidad.
En cualquier lugar del planeta la mayor parte del tiempo laboral transcurre entre los fogonazos de los ordenadores. La electrónica, en primer lugar, está asociada al trabajo. Doblega nuestra vista, nos agota la atención. Es nuestro jefe.
Claro que también es el espacio privilegiado de comunicación entre las personas que se sienten ligadas con su uso. Pero no es menos interesante que las formas más populares de expresión entre los viajeros de la red de Internet sea el mensaje abreviado, minimalista, conciso. El de la información: Twitter.
Pero justamente la literatura es mucho más que información. Un libro científico es un caudal de informaciones y los textos de estudio son sólo eso: información que hay que entender, aprender, dominar y aplicar.
Mas la literatura no tiene nada que ver con estos criterios pragmáticos. La literatura es justamente el regodeo en la palabra, en las imágenes que abren la mente hacia zonas no codificadas por el lenguaje de las ciencias. La literatura de creación, narración o poesía, pertenecen al ámbito del placer más que el del trabajo.
Creo que este factor psicológico –de evasión hacia lo otro– pondrá a salvo al libro de la voracidad de la información. De quienes la dan y de quienes la piden.
Claro que es posible comprar un DVD y ver el último filme premiado en Cannes en la pantalla de televisor de la casa. Pero aún vamos al cine. Claro que nuestros sentimientos profundos de religiosidad permiten un diálogo íntimo con la divinidad en un rezo, pero entramos a los templos, y participamos de los ritos. Claro que podemos decirle palabras de amor a la amada por teléfono o por mail: pero buscamos encontrarla y vamos tras sus labios con nuestro beso.
Si aceptamos que la información pragmática es algo que también puede ser eficientemente proporcionada por los medios electrónicos, paralelamente reconozcamos que el libro tradicional es un objeto estético que supera las necesidades de información.
La industria del libro de papel ha creado en su entorno - librerías, lecturas, prensa cultural, - la admiración simultánea y la excitación colectiva ajena a la “soledad” del libro electrónico. Dudo que la fantasmal aparición de un relato en la soledad de un soporte electrónico privado tenga la efusiva gracia del nacimiento de un texto en papel. La publicación de un libro en la modalidad existente es un acontecimiento cultural que pone esa imaginación extravagante, que es la fantasía de un escritor, en la agenda colectiva de la gente.
De allí que mi apuesta es por una larga convivencia de distintos tipos de soportes: los electrónicos serán fieles aliados de la investigación, la información, el “trabajo” intelectual, el contacto “solitario” con un relato.
Los soportes en papel seguirán siendo el espacio privilegiado de la imaginación no utilitaria, de la combinación de artes que se expresan en el objeto libro.
Y por cierto la noble tarea que ya las instituciones más dedicadas a la cultura universal han iniciado de crear las bibliotecas virtuales es digna de todo elogio. Esa información se expandirá e influirá en la vida de millones de personas haciéndolas más informadas, sensibles y, consecuentemente, más libres.

El futuro del autor
Pero hay un aspecto que me preocupa en lo que concierne al futuro del libro, que va adjunto a éste, y que creo que no es nada menor: el futuro del autor.
Temo que la explosiva rapidez de los medios electrónicos vaya muy por delante de las leyes de protección de la propiedad intelectual y que la figura del creador y su obra está a merced de empresas que se apropian de contenidos y que las ponen en circulación sin prestar ninguna, o muy poca atención, a los derechos de propiedad intelectual que el libro de papel ha sabido resguardar de manera bastante honorable.
Si los legisladores de todos los países del mundo que suscriben el respeto a la cultura y a los derechos humanos no legislan enérgicamente contra la apropiación y divulgación indebida de creaciones individuales, el autor profesional, que es el alma del relato, verá menguado su rol, su ánimo.
El escritor deberá hacer de su arte una suerte de hobby adjunto a un trabajo que le permita mantenerse: ser empleado de una compañía de seguros, maestro en una universidad, kioskero en una esquina, lavador de autos, portero de hotel, domador de leones, y por qué no, mientras aún exista la oficina de correos….¡ cartero! Mucho me temo, además, que una de las frases más populares de mi novela Il Postino, El Cartero de Neruda , que en el momento que se formuló era una espontánea declaración de amor a la poesía, hoy se ha transformado en una práctica perversa de consorcios que ganan fortunas distribuyendo, sin ética de ningún tipo, materiales que no les pertenecen.
Les recuerdo la insólita situación con la que se divirtieron los lectores que compraron mi libro El cartero de Neruda . El poeta le reprocha al inocente cartero que le ha robado algunos versos de amor que ha escrito y que ha recitado como si fueran de él, el cartero, a la mujer que ama. Ante esta llamada de atención del poeta, el cartero replica airado: “La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la usa”. Si el libro se hizo popular junto al filme basado en él, con Massimo Troisi en el rol protagónico, esa frase fue tan celebrada por los jóvenes que un importante fabricante de remeras la imprimió en sus productos.
Jamás pudimos imaginarnos que esta inocente broma podría llegar a ser parte de una política depredadora de los servidores electrónicos quienes parecen no haber leído la respuesta que Neruda le da al Cartero tras oír su enfática proclama: “Sí, pero no llevemos la democracia tan lejos que tengamos que someter a votación dentro de la familia quién es el padre”.
Hay países que han avanzado en legislar sobre el uso indebido de materiales sin respetar el derecho de autor y hay otros que legislan y sus leyes no cuentan con la simpatía de los millones de “democráticos” usuarios de la red electrónica que condenaría sin problemas a quien se robara un pollo congelado en un supermercado.
Existe la idea muy popular entre los jóvenes de que la belleza de una obra de arte debe ser una especie de dominio colectivo. ¡Menudo problema para el creador que suele estar muy cerca de las aspiraciones de la gente! ¿Cómo explicarles que estas demandas hundirían la posibilidad de sobrevivir dignamente a los autores que aman y que los aman a ellos? ¿Cómo decirles con toda claridad que son las compañías que emiten estos contenidos las que se llevan las ganancias con cada descarga ilegal que ellos hacen? Hasta el momento el libro impreso ha sobrevivido a los abusos de la fotocopiadora porque hay una ética en los lectores y por qué no decirlo, una estética, que entiende que el libro impreso es mucho más que las meras palabras que puso allí un autor.
¿Pero qué futuro va a tener el libro si el creador no está protegido y expuesto impunemente a la rapiña de sus obras? ¿Pretenden acaso que los estados mantengan con becas eternas a los autores y que estos se conviertan en servidores del poder que les da de comer?

Papel, ética y estética 
Que hay alguna ética ligada a una estética se comprueba en esta observación que he leído de la escritora Cornelia Funke cuando cuenta que en Estados Unidos los menores de 18 años leen sólo en lectores digitales y que “sólo cuando se enamoran de un libro, lo compran en papel”. Un dato muy oportuno para volver a mi elogio del soporte maravilloso que es el libro. Su prestigio, es aquí equiparado a la palabra “amor”. En Barcelona, una de las capitales editoriales del mundo, el día de Saint Jordi las parejas de enamorados intercambian como regalos flores y libros.
Confirma también mi sensación de que el formato electrónico se adapta mucho mejor a la información que a la literatura, el dato de que en Alemania éste supera al impreso, y que en literatura de ficción sólo alcanza a un modesto veinte por ciento de las ventas. Ni hablar de España, donde la gran agente literaria Carmen Balcells ha revelado que los resultados de ventas de e-books son casi nulos, pese a que ella ha expresado su entusiasmo por los nuevos artefactos y se adecua a la realidad.
Si el libro de papel ha de sobrevivir y convivir con la difusión de libros por la red y los e-books, los grandes espacios de circulación han de activarse para hacerse más acogedores. En los distintos idiomas y continentes por los que me muevo detecto un ansia en la gente de intimidad, de estar cerca del artista y la obra de arte, de huir de la experiencia chirriante y estridente, de estar vivo “en vivo” en medio de los acontecimientos. Lo veo en mi experiencia y en la de varios colegas, a los que más y más se nos invita a lecturas, conferencias, debates. El libro, tal como lo hemos conocido hasta hoy, recoge mucho de esa anhelada proximidad, concentra una comunicación más íntima con el lector, menos mediatizada. No hay que hacer ningún clic para llegar y sumergirse en él.
Dicen los estudiosos del futuro que en algunas décadas el libro será una rareza, un objeto de “boutique”. Está bien, con el libro electrónico tal vez muera el libro de papel, pero no el relato. Aunque sospecho que la imaginación de los poetas, músicos, narradores, cineastas, será disfrutada por millones gratis, pirateada o plagiada, y que los artistas volveremos a la romántica pobreza de la bohemia. ¡Qué más da! ¡Hemos vivido en ella tanto tiempo! O como decimos en Chile : “¡Qué le hace el agua al pescado!” Conferencia dictada en Focus 2011. Second UNESCO World Forum on Culture and Cultural Industries.

sábado, 14 de abril de 2012

26 años sin Simone de Beauvoir

Simone de Beauvoir (9/1/1908 - 14/4/1986) planteó una cuestión fundamental para el desarrollo de lo que se llamó "feminismo": ¿Qué es ser mujer? Para Simone de Beauvoir, "no se nace mujer, se llega a serlo" y la cuestión es asumir la capacidad de elección del tipo de mujer que se quiere ser. La cultura patriarcal ha construido diversos ideales de mujer.

La cultura patriarcal burguesa en la que vivimos tiene su propio ideal de mujer, que la más reciente cultura patriarcal burguesa democrática e igualitaria ha maquillado ligeramente "concediendo" a la mujer ciertos derechos que hasta ahora estaban reservados a los hombres…

Para Simone de Beauvoir, la mujer tenía que ser capaz de elegir y de transformar ese ideal de mujer que se le impone culturalmente.

miércoles, 11 de abril de 2012

Twittering Machine - Máquina de trinos

Twittering Machine (Die Zwitscher-Maschine)
Paul Klee (1879-1940)

Millones de personas en el mundo trinan y gorjean enredadas en la red*, mediante una nueva maquinaria virtual a la que se conoce como "twitter". Paul Kle lo intuyó hace casi 100 años cuando las vanguardias y los adalides de la modernidad ya intuían la catástrofe…

Esta obra de Paul Klee se encuentra en el Museum of Modern Art, MoMA, de New York. Una publicación de este museo se refiere a ella de esta manera:

El "gorjeo" al que se refiere el título, sin duda, se refiere a las aves, mientras que la "máquina" es sugerida por la manivela. Los dos elementos son, literalmente, una fusión de lo natural con el mundo industrial. Cada ave se encuentra con el pico abierto, preparada como si fuera a anunciar el momento en que el azul brumoso frío de la noche da paso al resplandor rosado de la aurora. La escena evoca una versión abreviada-pastoral, pero los pájaros están encadenados a su percha, que es a su vez conectada a la manivela.

Tras una inspección más cercana, sin embargo, una sensación incómoda de que se avecinauna amenaza comienza a manifestarse. Compuesto por una línea de alambre, nervioso, estas criaturas tienen un gran parecido a las aves sólo en sus picos y plumas y en la forma de sus siluetas, que aparecen más cerca de las deformaciones de la naturaleza. La manivela evoca la idea de que esta "máquina" es una caja de música, donde las aves funcionan como cebo para atraer a las víctimas a la fosa sobre la que se encuentra la máquina. Podemos imaginar la cacofonía infernal hecha por los pájaros chillando, sus patas encogidas delgadas y tensas, que se agarran a la máquina a la que se fusionan.

El arte de Klee, con su extraordinario color y su técnica expresiva, hace comparaciones con la caricatura, el arte de los niños, y la técnica de dibujo automático de los surrealistas. En esta Máquina, gracias a su sensibilidad de contraste, convergen el humor y la monstruosidad con los elementos formales para crear una obra tan intrigante en su composición técnica como lo es en su multiplicidad de significados.



* La red en la que, cual ingenuas avecillas, hemos venido a caer la mayor parte de la población de este mundo extraño al que se suele calificar como desarrollado, civilizado, democrático y occidental, en el sentido que ya le daba a comienzos del siglo XVII, "Sebastian de Cobarrubias Orozco, Capellan de su Magestad, Mastrescuela y Canonigo de la Santa Iglesia de Cuenca, y Consultor del Santo Oficio de la Inquisicion": "Caer en la red. Enredar, asir con redes, por translación revolver unos con otros: enredos engaños: enredado, el ofuscado en muchos negocios."

Esta red, desde la que piamos (to tweet) desesperadamente, y que nos tiene atrapados como si fuéramos moscas, parece como si hubiera sido construida a tal efecto por una todopoderosa araña, a la que el mismo Sebastián de Covarrubias se refería de esta manera:


sábado, 7 de abril de 2012

Feliz cumpleaños, Billie



Strange fruit

Southern trees bear strange fruit,
Blood on the leaves and blood at the root,
Black bodies swinging in the southern breeze,
Strange fruit hanging from the poplar trees.

Pastoral scene of the gallant south,
The bulging eyes and the twisted mouth,
Scent of magnolias,
sweet and fresh,
Then the sudden smell of burning flesh.

Here is fruit for the crows to pluck,
For the rain to gather, for the wind to suck,
For the sun to rot, for the trees to drop,
Here is a strange and bitter crop.


Extraño fruto

Árboles sureños cargan extraños frutos,
Sangre en las hojas, y sangre en la raíz,
Cuerpos negros se balancean a la brisa sureña
Extraños frutos penden de los tuliperos.

Escena pastoral del galante sur,
Los ojos saltones y la boca retorcida,
Perfume de magnolias, dulce y fresco,
Y el repentino olor de carne quemada.

Aquí está el fruto (que alardea coraje) para que arranquen los cuervos,
Para que la lluvia tome, para que el viento chupe,
Para que el sol descomponga, para que los árboles suelten,
Esta es una extraña y amarga cosecha.






Billie Holiday : Fine and Mellow (Sound of Jazz, 1957)

Músicos:
Billie Holiday (vocals), Lester Young (tenor sax), Roy Eldridge (trumpet), Doc Cheatham (trumpet), Vic Dickenson (trombone), Coleman Hawkins (tenor sax), Gerry Mulligan (baritone sax), Mal Waldron (piano), Osie Johnson (drums), Milt Hinton (bass), Ben Webster (tenor sax), Danny Barker (guitar).

Grabación: CBS television broadcast, New York, December 8, 1957

domingo, 1 de abril de 2012

Huérfanos de palabras

La muerte violenta del poeta mexicano Guillermo Fernández nos deja huérfanos de palabras, de sus palabras para nombrar el mundo y para nombrarnos a nosotros mismos y para nombrar la violencia que ayer acabó con su vida y con sus palabras.

Más sobre Guillermo Fernández en Material de lectura

sábado, 31 de marzo de 2012

Antonio Tabucchi in Memoriam: porque la vida no nos basta...

“La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta” (Fernando Pessoa).

A continuación extraemos de Milenio online un fragmento del discurso que Antonio Tabucchi leyó en la Universidad de Aix-en Provence tras recibir el doctorado honoris causa.

Texto tomado de La Repubblica.
Traducción de María Teresa Meneses


El dueño de la Tabaquería

En su lección inaugural en el Collège de France del 7 de enero de 1977, Roland Barthes afirma: “La literatura trabaja en los intersticios de la ciencia: siempre se le adelanta o se le retrasa, semejante a la piedra de Bolonia que irradia durante toda la noche lo que ha almacenado durante el día y gracias a esta luz indirecta ilumina el día venidero. La ciencia es burda, la vida es sutil, y para corregir esta distancia es que la literatura nos importa”. La vida es sutil, es verdad, pero yo agregaría que también es insuficiente: “La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta” (Fernando Pessoa).

La literatura ofrece la posibilidad de un plus respecto a lo que la naturaleza nos concede. Y en este plus está incluida la alteridad, el pequeño milagro que nos es concedido en el viaje de nuestra breve existencia: salir de nosotros mismos y devenir “otros”. De la heteronomía de Fernando Pessoa ya se ha posesionado esa cultura middlebrow promovida por ciertos medios que privilegian el escándalo y el sensacionalismo, tratándola con el mismo rasero de un caso clínico, yo diría, de un “efecto especial”. Y divulgando al poeta como un fenómeno de circo callejero, una especie de “desviado”. Naturalmente, la poética de Pessoa, aun en su radical impostación, es intrínseca a la literatura de siempre. Cual comedia humana, en versión moderna y plasmada en poesía, es la misma de Shakespeare, Cervantes, Balzac. Cervantes dijo de sí mismo que él era, a la vez, don Quijote y Sancho Panza. Sabemos que Shakespeare no fue príncipe de ninguna Dinamarca. Flaubert sostenía que Madame Bovary era él, pero nada nos impide imaginarlo como la vieja sirvienta Félicité de Un corazón sencillo. Baudelaire escribió: “Como almas errantes que buscan un cuerpo, él puede entrar, cuantas veces lo desee, en cualquier personaje”.

La literatura no es estable, es nómada. No sólo porque nos hace viajar a través del mundo, sino sobre todo porque nos hace atravesar el espíritu humano. Además es correctiva, porque es la única posibilidad que nos es permitida de modificar los acontecimientos y de corregir la Historia más madrastra. Porque es el territorio de lo posible, de la libertad absoluta. Encerrado en el fuerte de Taureau, en Morlaix, Auguste Blanqui, luego de la derrota de la Comuna, quiso tomar revancha de los acontecimientos que lo devastaron. Partiendo de las teorías acerca del universo de Laplace, y, por lo tanto, con un rigor absolutamente científico, aunque aplicando pura hipótesis, él retoma la idea del infinito del Universo, del Tiempo y del Espacio, inscribiendo su hipótesis en una infinidad de mundos posibles, con una infinidad de historias posibles, cada una, en el fondo, igual a sí misma, pero con variables de las que se obtenían resultados diversos. Así, por ejemplo, en un lugar indeterminado del tiempo y del espacio, anywhere, los mismos comuneros habrían ganado la batalla y afirmado sus ideales, y el propio Blanqui, idéntico a sí mismo pero en una de sus posibles variantes, en lugar de sentir la profunda amargura de la derrota, vería el triunfo de sus ideales. L’eternité par les astres, libro singular y extraordinario de un no-literato, en realidad es gran literatura y, sin duda alguna, uno de los libros más revolucionarios de finales del siglo XIX; sin el cual, agrego, un gran escritor como Jorge Luis Borges acaso jamás hubiese existido.

¿Por qué se escribe? La pregunta, inevitable, retorna siempre, aunque se trate de evitar, semejante a ciertas señoras pías dedicadas a su catequesis y que todos los domingos implacablemente llegan a tocarnos a la puerta. Pero incluso la respuesta más radical como la de Beckett (“porque no soy bueno para otra cosa”), evidentemente es insuficiente e inspirada por una modestia que, junto con el autoescarnio, no resuelve el problema. Conozco a decenas de personas que no son “buenas para otra cosa” y que en vida jamás han escrito una sola línea. Además, todas las respuestas son plausibles sin que ninguna en verdad lo sea. ¿Se escribe porque se tiene miedo de la muerte? Es posible. ¿O, más bien, no se escribe porque se tiene miedo de vivir? También esto es posible. ¿Se escribe porque se siente nostalgia de la infancia? ¿Porque el tiempo ha pasado demasiado aprisa? ¿Porque el tiempo está pasando demasiado aprisa y queremos detenerlo? ¿Se escribe por lamento, porque hubiéramos querido hacer ciertas cosas y no las hemos hecho? ¿Se escribe por remordimiento, porque no hubiéramos querido hacer ciertas cosas y las hemos hecho? ¿Se escribe porque se está aquí pero se quisiera estar allá? ¿Se escribe porque se ha ido allá pero después de todo hubiera sido mejor quedarse aquí? ¿Se escribe porque sería en verdad hermoso poder estar aquí donde hemos llegado y al mismo tiempo también estar allá donde estábamos primero? ¿Se escribe porque “la vida es un hospital en el que cada enfermo quisiera cambiar de cama. Uno preferiría sufrir junto al calentador, y el otro está convencido de que se restablecería junto a la ventana” (Baudelaire)?

¿O no se escribirá también por juego? Pero no por el puro juego, como pretendía la vanguardia de los adelantados en Italia y de otras partes, es decir, la literatura entendida como palabras cruzadas que es tan útil para matar el tiempo. Naturalmente, tiene que ver el juego, pero es un juego que no tiene nada que ver con las guasas con las que sobresalen ciertos jugadores, los prestidigitadores del domingo que saben cómo deleitar al respetable público. Acaso es un juego parecido al de los niños. De una terrible seriedad. Porque cuando un niño juega, pone todo en juego. Coge una piedrita y sentado en el escalón de la casa, mientras se va haciendo de noche, y sosteniendo la piedrita sobre la palma de la mano, dice que esa piedrita es el mundo. Subrayo: no sólo lo piensa, sino lo expresa, porque solamente cuando lo dice, el sortilegio sucederá y la piedrita se transformará en el mundo: es el pacto absoluto. El niño sabe que si esa piedrita se cayese, el mundo se precipitaría, el universo en el que el mundo gira se perturbaría, los astros se volverían locos y avanzaría el caos. Él sabe que hasta que su juego dure, tendrá en sus manos la suerte del mundo. Hasta el momento en que su padre aparece en el umbral de la puerta sonriendo, la cena está en la mesa, hace frío, mañana es día de escuela, y ahora es necesario entrar en la casa. El dueño de la Tabaquería ha sonreído. Sin darme cuenta he llegado al punto culminante de un sublime poema del heterónimo de Fernando Pessoa, Álvaro de Campos. Tabaquería, en el cual hay una analogía con la risible y angustiosa dialéctica baudelariana entre el calentador y la ventana. En lugar del calentador hay una silla en el fondo de la habitación donde cada tanto el poeta va a sentarse para reflexionar, saboreando ciertas intuiciones (sus epifanías) que se le suscitan mirando desde la ventana de su buhardilla hacia la tienda de tabaco al otro lado de la calle, donde la gente entra y sale, y donde está la vida, como en la vida. Pero he aquí que: “Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),/ y la realidad plausible cae de repente encima de mí./ Me incorporo a medias con energía, convencido, humano, y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario”. “El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?)./ Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica./ (El dueño de la tabaquería ha llegado a la puerta.)/ Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto./ Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves!, y el Universo/ se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el dueño de la tabaquería se ha sonreído”.

Pero, ¿quién es el dueño de la Tabaquería? Éste es el problema. ¿Y además, por qué sonríe, acaso lo hace de una manera irónica o con bondadosa suficiencia, casi como señalándole al poeta que resulta vano plantearle preguntas a la vida y al mundo, que es vano pedirle a su Tabaquería que nos revele el misterio de todo?

Si me apuran, en esa sonrisa se esconde algo de leonardesco, como si se tratase de lo inescrutable de las cosas, del límite de la conciencia humana que el genio de Leonardo ha representado en forma de sonrisa sobre los labios de La Gioconda y de San Juan, algo que Ortega y Gasset definió inefable. Te ha sido concedido el privilegio de conocer hasta un cierto punto, no puedes ir más allá, parece decir esa sonrisa. Como el dueño de la Tabaquería, el dueño del circo, saludando al público, sonríe. El espectáculo ha terminado. La literatura se detiene aquí, comienza el misterio de la vida. Y la literatura se pone de nuevo a trabajar.




miércoles, 8 de febrero de 2012